Píldoras de historia: Felipe El Hermoso y el fin de los Templarios

Imagínate esto: es el viernes 13 de octubre de 1307. El sol apenas está despuntando en Francia cuando, de forma simultánea en todo el país, las autoridades reales abren unas cartas selladas con órdenes estrictas. En cuestión de horas, cientos de los guerreros más letales, ricos y respetados de Europa son sacados de sus camas, encadenados y arrojados a los calabozos de la Inquisición. 

Así comenzó la caída de los Caballeros Templarios. Pero, ¿cómo pasó la orden religiosa y militar más poderosa de la Edad Media a ser cazada como un grupo de criminales? A menudo, cuando analizamos en este espacio cómo el significado original de palabras como "sicario", "vándalo" o "sátrapa" se ha distorsionado con los siglos, nos damos cuenta de que la historia oficial suele estar cubierta de capas de mitos. 

El final del Temple es el mayor ejemplo de esto. Para entender su tragedia, tenemos que apartar un poco la religión y fijarnos en los verdaderos motores del mundo, inclusive en esas lejanas épocas: el monopolio del poder y una deuda impagable. 

Los Templarios empezaron en 1119 como una hermandad extremadamente humilde de apenas nueve caballeros que juraron proteger a los peregrinos en su camino a Jerusalén. Eran tan pobres que su sello oficial mostraba a dos caballeros montando un solo caballo. Sin embargo, en menos de dos siglos, se convirtieron en los dueños de Europa. ¿Su secreto? Básicamente, inventaron la banca moderna y el concepto del cheque bancario. 

Viajar desde Londres o París hasta Tierra Santa cargando baúles de oro era un suicidio; los caminos estaban plagados de bandidos. Los Templarios idearon un sistema brillante: un noble depositaba su fortuna en una fortaleza templaria en Europa, recibía a cambio un pergamino cifrado (una letra de cambio) y, al llegar a Jerusalén, entregaba el documento y retiraba sus fondos exactos. 

Si a este ingenio financiero le sumamos que cada noble que ingresaba a la Orden donaba sus castillos y tierras, el resultado fue un imperio económico. Pero el golpe maestro llegó en 1139, cuando el Papa Inocencio II emitió una bula (una ley papal) llamada Omne Datum Optimum. 

Este documento los eximió de pagar impuestos en cualquier reino, les permitió cobrar sus propios diezmos y, lo más importante, dictaminó que solo le rendían cuentas al Papa. Ningún rey, duque o juez local tenía autoridad sobre ellos. Se convirtieron en una corporación multinacional intocable, un estado soberano dentro de las fronteras de otros países. 

El rey que no llegaba a fin de mes Y aquí hace su entrada el villano de nuestra historia: el rey Felipe IV de Francia, apodado "el Hermoso". Felipe era un monarca ambicioso que soñaba con un estado francés absolutista y centralizado. Pero tenía dos problemas gigantescos. 

El primero era que los Templarios, con sus fortalezas inexpugnables y su ejército privado, eran un obstáculo para su poder absoluto. El segundo, y más urgente, era que Francia estaba en la quiebra total. Tras décadas de guerras carísimas contra Inglaterra y Flandes, Felipe IV estaba tan desesperado que había devaluado la moneda francesa varias veces. Su nivel de endeudamiento con los Templarios era colosal. Se calcula que le debía a la Orden el equivalente a unas 8 toneladas de plata (aproximadamente el 17% de todos los ingresos anuales de su gobierno). 

De hecho, el tesoro real francés ni siquiera lo manejaba el rey; estaba custodiado y administrado desde el Temple de París, la enorme fortaleza que servía como sede central de la Orden. Felipe no tenía cómo pagarles. Y en la política medieval, si eres un rey acorralado y no puedes pagarle a tu prestamista, la solución más eficiente es borrar al prestamista de la faz de la tierra y confiscar sus bienes. 

Felipe no podía usar un argumento financiero; necesitaba que la Iglesia los declarara herejes. Para su inmensa fortuna, tenía al papado bajo su control. En esa época, el Papa no vivía en Roma, sino en la ciudad de Aviñón, un periodo conocido como el "Cautiverio Babilónico de la Iglesia". Básicamente, el Papado estaba secuestrado en Francia.

Años atrás, la corona francesa había llegado al extremo de asaltar militarmente un palacio en Italia para golpear y humillar al Papa Bonifacio VIII por oponerse a pagar impuestos. El mensaje fue claro: con el rey de Francia no se jugaba.
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Para 1307, el pontífice era Clemente V, un francés de carácter débil que vivía rodeado por la aplastante influencia militar de Felipe. 

Clemente estaba acorralado en su propio patio trasero. Con el Papa paralizado por el miedo, los abogados del rey lanzaron la mayor campaña de fake news de la historia medieval. Acusaron a los Templarios de herejía, de escupir y pisotear la cruz en sus ritos de iniciación, de sodomía y de adorar en la oscuridad a un ídolo pagano con forma de cabeza llamado Baphomet. 

Sometidos a las peores torturas que la Inquisición pudo diseñar —como el aplastamiento de pies o la dislocación de extremidades en el potro—, muchos caballeros terminaron "confesando" estas atrocidades simplemente para detener la agonía. 

Históricamente, el consenso es rotundo: los Templarios eran inocentes de herejía. Sus ritos eran secretos y quizá peculiares, pero las acusaciones demoníacas fueron un elaborado montaje estatal. 

La redada de aquel 13 de octubre fue una obra maestra de logística, pero no logró atrapar a todos. Se estima que en toda Europa y el Mediterráneo oriental había entre 2.000 y 3.000 Templarios. En Francia, las autoridades reales apresaron a unos 600. ¿Qué pasó con los demás? La inmensa mayoría desapareció en las sombras. Al no tener jurisdicción fuera de Francia, a Felipe IV le fue imposible capturarlos. 

Hay registros históricos que indican que desde el estratégico puerto de La Rochelle zarparon apresuradamente 18 galeras templarias. Se hicieron a la mar llevándose consigo a cientos de hermanos y, según la leyenda, la mayor parte de la riqueza móvil de la Orden. Jamás fueron interceptados. 

En otros reinos, los monarcas ignoraron las órdenes de arresto. En Portugal, el rey Dionisio I se negó a torturar a quienes consideraba héroes de guerra. Tras negociar con el Papa, simplemente les cambió el nombre. Fundó la Orden de Cristo, y los templarios portugueses pasaron a formar parte de ella conservando sus tierras y castillos. (Un dato fascinante: siglos después, la Orden de Cristo financiaría la Era de los Descubrimientos, y sus carabelas, incluidas las de Cristóbal Colón, navegarían luciendo en sus velas la inconfundible cruz roja templaria). 

El oscuro clímax de esta historia llegó el 18 de marzo de 1314. El último Gran Maestre de la Orden, un curtido anciano llamado Jacques de Molay, fue sacado de su mazmorra tras siete años de encierro. El plan del rey era que Molay repitiera sus falsas confesiones frente a la multitud en la catedral de Notre Dame y aceptara la cadena perpetua, cerrando el caso para siempre. Pero, en un acto de rebeldía y valentía absolutas, Molay y su compañero Geoffroi de Charney se retractaron. Con voz firme, gritaron que la Orden era pura y santa, y que solo habían confesado atrocidades por el terror a la tortura. Felipe IV, ciego de furia por la humillación pública, saltándose las leyes de la propia Iglesia, ordenó que fueran quemados vivos esa misma tarde en una pequeña isla del río Sena. 

Los cronistas relatan que Molay pidió ser atado mirando hacia Notre Dame, y soportó las llamas con un estoicismo que dejó a París enmudecido. La leyenda romántica cuenta que, desde la hoguera, Molay maldijo al rey y al Papa, convocándolos al tribunal de Dios antes de un año y condenando a sus descendientes. 

Aunque los historiadores saben que Molay probablemente nunca pronunció esas palabras en medio del fuego, la realidad se encargó de darle vida al mito: el Papa Clemente V murió al mes siguiente de una espantosa enfermedad, y el rey Felipe IV cayó muerto repentinamente por un derrame cerebral unos meses después. Para colmo, los tres hijos del rey murieron jóvenes en los años siguientes, extinguiendo su poderosa dinastía y hundiendo a Francia en la Guerra de los Cien Años. 

Felipe IV cobró su venganza, pero se quedó sin el premio mayor. El Papa disolvió la Orden, pero para evitar que el rey se quedara con los feudos, transfirió todas las propiedades inmobiliarias a la orden rival: los Hospitalarios. 

Felipe confiscó el dinero que había en París, pero el legendario "Tesoro de los Templarios" (sus grandes reservas de oro, sus archivos secretos y sus reliquias sagradas) desapareció sin dejar rastro. 

Años después del fin de la Orden, empezaron a salir a la luz las piezas de su verdadero legado: La Sábana Santa, por ejemplo. Durante décadas, se ignoró qué ídolo "barbudo" adoraban en secreto los Templarios. Casualmente, la primera vez que la Sábana Santa de Turín (el sudario con el rostro de Cristo) apareció públicamente en Europa en 1357, estaba en posesión de Geoffroi de Charny... el sobrino directo del caballero que ardió en la hoguera junto a Jacques de Molay. 

Hoy se cree que esa era la reliquia que custodiaban en secreto. Y también, el llamado Pergamino de Chinon, como el golpe final a la campaña del rey de Francia, que llegó siete siglos tarde. En 2001, en los Archivos Secretos del Vaticano, se redescubrió un documento original fechado en 1308. En él, consta que los emisarios del Papa Clemente V habían interrogado en secreto a los líderes templarios en prisión y los habían absuelto de todos los cargos de herejía. 

El Papa sabía perfectamente que eran inocentes, pero terminó sacrificándolos en 1312 por pura cobardía política frente a la corona francesa. La caída de los Templarios no fue un castigo divino ni una purga de herejes. Fue el primer gran colapso financiero orquestado desde el Estado, un thriller geopolítico de poder, traición y un rey dispuesto a quemar el mundo con tal de borrar sus deudas.

Esta historia, tan mal contada en muchos círculos y en películas supuestamente "históricas" tiene mucho más de trama hollywoodesco que las mismas películas que se han hecho,

Como ven, la "banca internacional" no es nueva tampoco, inclusive, ya los Fenicios.... Perdón, me salgo del tema con facilidad.

Vayan a dormir...

Noooo.. Esperen. Ahora mismo recuerdo algo maravilloso que ví en TV, hace muchos años eso sí (Cuando la tv colombiana era realmente educativa, jeje) Presentaron una serie maravillosa, francesa, obviamente traducida, cuyo título original era: Les Rois maudits (Los reyes malditos). Si pueden verla... Por favor véanla, es una maravilla teatralizada... Al menos yo, la recuerdo con mucho carño

Ahora si: A dormir !!!

Chau!

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